domingo 3 de enero de 2010

Frac

Dime que seré capaz de expresar con libertad; cuéntame que en esta ciudad en que vivo, el amor no estará corrompido, como los hombres en frac; asegúrame que el río jamás callará, es que si acaso algo de esto sucede, estaré perdida: mi voz se volverá espina sin eco, y sin eco, como cuando el amor no retumba, la vida se envuelve en frac.

Amigos de por acá. Les deseo un año más sorprendente que el que esperan, con más alegrías que dolores (y que éstos, cuando aparezcan, sean maestros). Les deseo amor para que haya magia. Y brindo por otro año de letras más. Les dejo un poema que leí hoy:

Así que quieres ser escritor, ¿eh?, de Charles Bukowskisi


si no brota de ti a borbotones
a pesar de todo,
ni lo intentes.
a menos que te salga por voluntad propia
del corazón y la mente y la boca
y las entrañas,
ni lo intentes.
si tienes que permanecer horas sentado
mirando la pantalla del ordenador
o encorvado sobre la
máquina de escribir
en busca de palabras,
ni lo intentes.
si lo haces por dinero
o la fama,
ni lo intentes.
si lo haces porque quieres
mujeres en la cama,
ni lo intentes.
si tienes que sentarte y
rehacerlo una y otra vez,
ni lo intentes,
si sólo pensar en ello ya te cuesta trabajo,
ni lo intentes
si quieres escribir como algún otro,
olvídalo.
si tienes que esperar a que salga de ti
con un rugido,
entonces espera tranquilo.
si no llega a salir de ti como un rugido,
dedícate a otra cosa.
si primero se lo tienes que leer a tu esposa
o a tu novia o tu novio
a tus padres o quien
quiera que sea,
no estás preparado.
no seas como tantos otros escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman escritores,
no seas soso, aburrido y pretencioso,
no te dejes consumir por el narcisismo.
las bibliotecas del mundo
se han dormido de aburrimiento
con los de tu calaña.
no lo empeores,
ni lo intentes.
a menos que te salga
del alma como un cohete,
a menos que creas que la inactividad
te llevaría a la locura o
al suicidio o al asesinato,
ni lo intentes.
a menos que el sol en tu interior te abrase las
entrañas,
ni lo intentes.
cuando de veras sea la hora,
y si estás entre los escogidos,
cobrará vida por sí mismo
y seguirá cobrándola
hasta que mueras o muera
en ti
no hay otra manera
ni la hubo nunca.

lunes 28 de diciembre de 2009

Tolstói o Chéjov o Márai

Salí de la estación de trenes de Barrancas con toda mi intención volcada hacia la literatura. Cerdas de paz habían arrastrado mis pensamientos recurrentes y ese día, después de decenas de otros colmados de obsesiones exhibicionistas, podía concentrarme en cualquier otra cosa que no fuera yo. Y cuando esas horas de calma sobrevenían, sabía, había que aprovechar lo que duraran.

Era tarde y hacía mucho frío, de ese frío que genera dolor. Leía algún cuento de Tolstói, o de Bolaño, aunque también creo que pudo haberse tratado de algún relato corto de Chéjov. Como sea, tengo el registro perpetuo –aunque las almas libres tiendan a tomar distancia del hasta la muerte, yo, que también me considero un espíritu aventurado, encuentro placer en conocer la cicatriz imborrable de ciertas voces, de ciertos pensamientos, de ciertos amores, ¡qué libertad sería posible sin cadenas!-: de entre las páginas de ese libro salió una reflexión como lengua de bronce endurecido, capaz de torcer los rieles abrazados a las ondas de una montaña. Del mismo modo, aquella idea viró el curso de mi destino. O no.

Decía algo así como que todas las personas pasamos por algún episodio que presenta al menos dos posibilidades, del que depende el resto de nuestra vida. Tólstoi o Bolaño o Chejov –aunque tal vez pudo haber sido un pasaje de alguna novela Márai- contaba la historia de una mujer que fue al mercado y que en el camino de vuelta a su casa, cargada con bolsas llenas de botellas y cartones de leche, se cruzó con una anciana que le pidió asilo. La mujer, absorta en su rutina y ausente de la más mínima compasión, ignoró a la anciana y el ímpetu de hacer siempre lo mismo la llevó sin pensamiento alguno hasta su casa. Cuando abrió la puerta, se encontró a un hombre esperándola, acodado a la mesa de su cocina. El hombre estaba ahí para cobrarle un préstamo que la mujer ya había pagado, sin pedir recibo a cambio. El hombre amenazó con sacarle la casa y quitarle del banco los pocos ahorros que la mujer tenía. Cuando el prestamista cruzó el umbral, la mujer, abatida, desanduvo las cuadras que la llevaban hasta el mercado y, antes de llegar, se encontró con la anciana que todavía estaba ahí. La mujer le pidió disculpas por la forma en que la había ignorado antes e invitó a la anciana a quedarse en su casa, advirtiéndole sobre la posibilidad de que en pocos días más ambas quedaran en la calle. La anciana aceptó y murió esa misma noche. A la mañana siguiente, la mujer encontró entre su ropa una inmensa fortuna.

La historia de Tólstoi o Bolaño o Chéjov o Márai (aunque pudo perfectamente haber sido también un pasaje de En busca del tiempo perdido, de Proust) seguía con una moraleja que en mí no perpetuó como lo hizo la idea de retroceder en el camino. Bajé del colectivo 64 al que me había subido para ir hasta Palermo, y volví hasta la estación. El tren estaba demorado y me senté a esperar. Abrí azarosamente el libro -que también pudo haberse tratado de los diarios de Cheever-, y caí en una línea que me asaltó un suspiro. Decía algo así como que tenemos la cerradura de la realidad pasada, la psicológica, y otra karmática, de la que sólo unos pocos se animan a conseguir la combinación.

Me apoyé contra la ventana de la puerta del tren y me dispuse a contemplar a la gente que iba quedando atrás a medida que avanzaba. Sentí una mano sobre mi hombro y sin girar para ver quién era -porque ya sabía quién era- susurré que estaba echando tinta sobre mi destino, más por escucharme decirlo que para que él lo supiera. Simplemente dijo hola. Vi su cara huesuda, sus ojos nacarados, y lo vi sostener en su mano un cigarrillo con filtro que no se consumía. Era mi abuelo Angel. La suerte está conmigo, pensé. Y como si tuviera la potestad de entrar en mí, dijo que la suerte era la única pieza de arte de ésta vida. Claro, le contesté, como las estrellas que se asoman a éste infierno. Algo así, replicó.Le conté que estaba leyendo a uno de mis autores preferidos (pensándolo bien también pudo haber sido una reflexión de Flaubert), que me había ayudado a entender todo lo que necesitaba. El abuelo me miró sin gesto y al cabo de unos segundos que me hicieron dudar de mí, me preguntó cómo era posible que ya lo supiera. Le contesté que no sabía por qué, pero que quería pedírselo y antes de que me respondiera, me incliné sobre mis rodillas y le supliqué: Abuelo, lleváme lejos de éste cuerpo, lejos de éste infierno. Lo descubrí, abuelo. Descubrí que no somos la raza superior por el hecho de razonar. Es justamente al revés, justamente ese es nuestro castigo, la recurrencia del lamento, el imponderable. Veo a los hombres con tridentes en sus corbatas, a las mujeres las veo prenderse fuego cruzando ríos, las veo caer, las veo explotar entre las luces de neón; veo la sonrisa de los carteles luminosos, las alas de los que revuelven la basura, el aura de los perros y los gatos y de todos los animales. Los escucho hablar, abuelo. ¿Sabés lo que es eso?, escucho hablar a los perros y a los hombres los escucho aullar. El llanto ahogó mi voz y entre mis sollozos, sus notas sonaron como una ópera antigua o inexistente: Yo ya te traje hasta acá, ahora te toca llevarme a vos. Me reí con fuerza, desde el ano, y le pregunté a dónde podía llevar a un muerto. Todos lo notarían, abuelo, me tratarían de loca. Pero el abuelo no le dio importancia a mis contemplaciones. Me detuve en sus manos que estaban igual de amarillas que como las recordaba; sus uñas eran duras, parecían de mármol. Con ellas acarició mi cara y, sin sonido, movió sus labios para contarme lo inevitable: Chiquita, te estaba esperando. La esperanza se transformó en tersura, sus brazos se encogieron y su cara empezó a perder la rigidez que le había aplastado la Guerra Civil Española. De a poco, sus surcos se tensaron y sus párpados se abrieron, achicando la distancia que los separaba. Mi abuelo ya no era un abuelo: era un bebé. Voló con la cola doblada hacia el cielo y recién cuando estuvimos completamente enmarcados en el gris frío de aquel invierno, vi a mi cuerpo viejo y culpable, tendido sobre las vías del tren.

viernes 18 de diciembre de 2009

Mi amigo El Horla

- Te estuviste viendo con mi amigo El Horla, ¿no?
- Sí, mucho.
- Es un guía que tenés que aprovechar.
- No quiero verlo más, lo destruye todo.
- Tengo una mala noticia para vos.
- ¿Cuál?
- El Horla te va a acompañar toda tu vida.
- No insistas. Podría suicidarme por esa idea.
- No es algo necesariamente malo.
- Es que le tengo mucho miedo.
- Un día vas a aprender a convivir con él y lo vas a convertir en tu sabiduría, porque él es el maestro de tu poesía y quienes te quieren, quienes se acercan hasta vos, incluso quienes se enamoraron, seguramente lo hicieron porque él te acompaña.
- Preferiría poder dominar mis estados de ánimo y vivir con mayor simpleza.
- Te tengo otra mala noticia, entonces.
- ...
- El estado de ánimo es un don. Uno que ni a vos ni a mí no nos ha sido dado.

lunes 14 de diciembre de 2009

Atragantando semillas

Mi papá me dice que está triste porque fracasó. Dice que tal vez le queden diez años más de vida y hace números con lo que le resta de herencia. Poca la herencia. Yo le digo que la gente ahora vive como cien años pero del fracaso no le digo nada. Porque ese sentimiento es algo personal y yo ya no puedo conocer sus sueños, menos ahora que anda queriendo morir, aunque él diga que no se trata de eso, que no quiere morirse. Le discuto un poco, le digo que si ya tiene fecha de defunción es porque está caminando hasta ahí y entonces finalmente va a llegar con todo el éxito que dice no haber tenido. Me dice que todos caminamos hacia el mismo lugar y yo le contesto que aunque eso es real, no es cierto. Mi papá es porteño y a pesar de que vive en un pueblo de diez mil habitantes desde hace más de siete años, cada vez que lo veo, anualmente una o dos veces, lo descubro más porteño. Porque ni la salvedad de que ahora toma mate y anda en moto, en motito, le quita el amargo que le dejó la ciudad. Supongo que esa puede ser una de las evidencias de su fracaso. Porque ni chicha ni limonada: quiere estar en su Belgrano natal pero siente que ya no puede. La herencia no le da, dice, y él fracasó. Y yo le hago recordar, le digo que un poco la culpa fue del país y de los coletazos económicos que le derrumbaron de un saque todas las actividades que encaró. Pero eso no lo consuela y se empecina en ser la evidencia tácita del riesgo que implica el paso del tiempo si se te cae una ficha de dominó y le pegás una patada desafiante al chasco. El riesgo es ser hosco y rosco. Algo resentido con el devenir y con el pasado. De volcar el tinto para convertirlo en soda, de perder centímetros de cintura y seguir tragando pan y salchichón. Entonces un poco lo entiendo, aunque le digo que hacer las cosas mal no debería ser lobby para hacer las cosas peor, pero en verdad él no sabe de qué cosas estoy hablando. Bueno, le digo, supongo que me duele que estés lejos de casa. Pero resulta que ahora me cuenta que nos extraña, a mí y a mis hermanos, pero que no supo ni sabe cómo hacer. Lo mató la separación, los cuernos que le puso mi mamá. Se colgó de su ego y ahí quedó, ahorcado en llanto, cada vez con menos voz. Y yo que vine a decirle que me hacía falta, que estaba dolida por su ausencia, me encuentro sentada delante de sus paletas quebradas y de su papada almidonada en rojo y pintas de seda negra pensando en cómo hacer para salvarlo. Y entonces cuántos eran, le pregunto, ¿diez años, pa? Bueno, tendrías que engrosar el índice de sonrisas y disminuir el consumo de noticiero. Y se ríe. Empezamos bien, le digo. Pero él enseguida vuelve con eso del fracaso. Me equivoqué tanto, susurra y yo le digo bueno, sí, ese índice también crece con los años. Yo por ejemplo de los 5 a los 15 me equivoqué al 10 por ciento, y de los 15 a los 25 trepé a un 20 por ciento con picos de 23. Vuelve a reírse y mientras lo veo sorber un trago de vino y pitar su decimo quinto cigarrillo del día, pienso en lo injustos que somos a veces los hijos que pretendemos que nuestros padres nos desaten los nudos que nos abrocharon, como si ellos no tuvieran los suyos, sus tijeras ya derretidas en vaselina y la limosna que le dejan los años revolviéndoles los jugos de lo que ya nunca más -porque se acaba, se va- podrán colar.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Se los dejo




Les presento a un amigo de toda la vida que lo inmediato que me preguntó cuando nos conocimos, en el colegio, fue: "¿De qué partido político sos?". Muda quedé. se trata de la primera persona que me mostró que se puede mirar un poco distinto. Años más tarde me convocó para que participe de una película porno, todavía lo estoy pensando. Ahora hizo éste video y a mí me encantó. Entonces se los dejo, ahora que me voy unos días. Es Jovic: http://insoportablementejovic.blogspot.com/

martes 1 de diciembre de 2009

Sentido en su inmensidad

Como un relámpago que decide retroceder porque la lluvia es suficiente y encuentra su momento para dejar de centellar, hasta la próxima tormenta, detengo mis brazadas en tierra y me voy al mar. Como un adolescente que salió de viaje por años y regresa a su casa en busca de ese abrazo que calme el pálpito, algo cansada de luchar en un ring sin rincón, ausente de sal, chiquita y solitaria, con sobras de manos, labios y corazón, voy hasta el mar para que me reciba, humedezca mis oídos y sin preguntas me deje, el tiempo que sea necesario, mirar al cielo desde la superficie de su horizonte y entre los dos me suelten ese secreto que existe entre la vida y la realidad.

jueves 26 de noviembre de 2009

Come on

Estoy drogada. Cruzo una reja, cruzo a un perro, paso por delante de un televisor, devuelvo un saludo con una bajada de mentón. Se ríen. De qué se ríen, pienso. Subo un piso, luego otro guiada por los talones de unas zapatillas Nike que me preceden. La pared toma mi mano y alguien que baja me da un beso en la mejilla. No lo veo. Estoy definitivamente drogada, pienso. Se abre una puerta y escucho que tocan reggae. La luz me avasalla y en seguida reconozco que estoy a la vuelta de mi casa. Escucho bienvenida al ensayo. Como a los 13 años, me callo, están igual que a los 13. Veo un sillón a lo lejos. Me direcciono hasta él pero siento que no llego. Bajan las luces. Alguien más me saluda, estoy muy drogada y pienso: solo estamos la oscuridad y yo y esta música. Somos latinoamericanos y vivimos el amor de un solo corazón, el universo y yo. Casi no escucho lo que cantan pero siento lo que dicen. Llego hasta el sillón, me absorbe, estoy flaca, muy flaca. Alguien más me saluda. No lo miro, no veo nada. Nos conocemos, dice, supongo, contesto, de dónde, pregunta, no sé, de por acá. Alguien más me pide fuego pero no tengo, ya no fumo. Me pasan droga. Puedo más. Come on, come on, cantan y entonces miro. Miro por fin. Está mi novio de los 13 años que me saluda con su mano mientras apoya su boca sobre el micrófono. Lo reconozco, reconozco su voz, su mueca, su pelo rubio, su aura amarilla. Y miro más. Sigue ahí. Seguís acá. Alguien me habla y yo le digo que el piano está grabado, que por qué el piano está grabado. No escucho más. Viven, digo en voz alta. Alguien dice sí y yo no sé -estoy drogada- son tristes. Somos lo que podemos, dice, como a los 13. ¿Me escuchó? ¿Me escuchaste? Ya no me mira. Sólo sonríe. ¿Me escuchaste? Come on, come on. Ey, ¿escuchaste lo que dije? Soportan lo que son, pienso o digo, no lo sé. Come on, come on. Hey, ¿me escuchaste? Come on, come on. ¿Hablé y vos me escuchaste? Sí. Abro los ojos y descubro que está ahí, sentado en el piso, a los pies del sillón. No veo, le digo no te veo, no querés ver, me dice, no puedo con esta teoría ahora. Lo busco, ya no lo veo más. Babilón. Te lo prometí, dice al micrófono. Come on, come on. Más droga y yo estiro las piernas, ocupo todo el sillón y giro mi atención hacia la ventana: los árboles me hablan de Dios, todo es perfecto, dicen, y yo, buscando el defecto de sus palabras entre sus ramas, organizo mi paciencia y me siento morir. Come on, come on.